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Las cosas que uno medita mucho o quiere que sean 'perfectas', generalmente nunca se empiezan a hacer...
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"Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano". (Ernesto Sábato, Antes del fin)
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domingo, 21 de mayo de 2017

Nada que celebrar




Esplendor de Yuyachkani
Walter Benjamin imaginaba el verdadero cambio social –una “revolución”, palabra que incluso hoy utiliza el presidente Kuczynski- no a partir de un conjunto de características de lo que podría ser una utopía futura, sino como un...
resarcimiento de todas las deudas del pasado, de todos los horrores de la historia.
“Discurso de promoción” es la nueva obra de Yuyachkani y es la mejor manera de introducir, en el momento actual, una pausa y un verdadero disenso frente a todas las celebraciones patrioteras que se nos vienen por el bicentenario. Desde ahora mismo, ya podemos imaginar la palabrería de los políticos de turno, el desinformado cortejo de una parte de la prensa peruana y la sensibilería melosa anclada en todos nosotros, los ciudadanos. Esta notable obra de teatro dice “no” y afirma que somos un país mal constituido desde sus inicios (con gravísimas fallas estructurales) y que hoy, más allá de todo lo que puedan decir los publicistas de Prom-Perú, es realmente poco o nada lo que tenemos que celebrar.
Estructurada mediante un montaje descentrado y con ese esplendor que surge de la perfomance visual y de muchos elementos de la fiesta andina, la obra ha conseguido unificar el pasado con el presente, lo individual con lo colectivo, lo heroico con lo anónimo, los muertos con los vivos, el espíritu festivo con el trágico duelo. No existe en ella un argumento propiamente dicho, pero sí un conjunto de estampas que van mostrando hechos significativos de toda la vida peruana. La mayor virtud de Yuyachkani, vale decir, lo que lo distingue, es que nunca narra sus historias desde Lima y siempre han sido muy críticos del centralismo peruano: esa traba que la república nunca ha podido superar. En esta obra, por el contrario, es todo el Perú el que sale a la escena: las mujeres de Cajamarca, los indios Huitotos, los desaparecidos ayacuchanos, las chicas adolescentes –víctimas de trata- de la selva y de Puno, etc.
Una y otra vez, la obra parecería insistir que hay poco que celebrar y que ya no tenemos ricas montañas ni hermosas tierras. Hoy no podemos celebrar a los políticos, ni a la iglesia, ni a los llamados “emprendedores”, ni a los empresarios formales que, desde hace casi tres décadas, han armado todo para que los celebren. No. Casi todo funciona mal en el Perú, casi todo se ha deteriorado y está corrupto. La obra, en efecto, muestra cómo el racismo sigue vivo, cómo el machismo continúa ejerciendo su poder, cómo la violencia y el crimen hoy son hábitos cotidianos y cómo la corrupción se ha vuelto nuestra más verídica forma de vivir (y de gozar). Hoy no podemos celebrar al viejo estatismo económico pero, menos aún, a este neoliberalismo dogmático -tan parecido a las viejas ideologías- que clandestinamente deteriora el país día a día.
“El sistema no puede combatir la corrupción porque la corrupción es el sistema”, es una frase que aparece durante la obra y que probablemente le hubiera gustado mucho a Bertolt Brecht. Quienes piensan que se trata de una expresión puramente literaria deberían dedicarse a observar mejor el tipo de lobbys legales que hoy hipnotizan a los tecnócratas del MEF y que permiten contratos abusivos como el de Kuntur Wasi para el aeropuerto de Chinchero, la concesión del gas (tan discutida durante la campaña y hoy olvidada), la exoneración de impuestos a las grandes empresas, las deudas no pagadas por las trasnacionales, la concesión del tren a Machu Pichu y así podríamos seguir…. No solo Toledo, Alan, Ollanta, Félix Moreno, el alcalde de Chilca, el presidente del Regatas, la empresa Graña y Motero y algunos de los más respetados estudios de abogados, están gravemente cuestionados: existe además un tipo de corrupción “legal” que es estructurante del tipo de sociedad en que vivimos y que “pasa piola” todo el tiempo.
La obra es, además, un punto alto en la historia del grupo porque lleva a la superioridad todo lo aprendido respecto de la estética del teatro de creación colectiva, de la práctica del actor total, de la performance como herramienta escénica y de las más contundentes estrategias del teatro político latinoamericano. Esta es una obra que piensa al Perú pero, al mismo tiempo, se trata de la propuesta más cosmopolita que ha hecho el grupo. Hoy el mundo es el capitalismo y, por eso, pensar el mundo, pesar el Perú, implica observar críticamente sus más complejas dinámicas.
Esta es una obra que todos los estudiantes del Perú deberían ver, pero el Ministerio de Educación suele decir que tiene poco tiempo para pensar en algo más allá que las pruebas estandarizadas (es decir, cuenta con muy poca imaginación para articularse con algo “fuera” de la escuela) y el Ministerio de Cultura es una institución a la que todos los años le reducen presupuesto. Para bien, esta obra nos agua la fiesta del bicentenario y esa tarea –construir una visión crítica de la historia y no un discurso patriotero- debería ser la responsabilidad de todos los maestros del Perú. De hecho, el comienzo de la obra es festivo (una alegre kermese escolar) pero, poco a poco, nos vamos dando cuenta que las canciones son irónicas y que todo nacionalismo es una falsa ilusión de orgullo. Luego, al entrar propiamente al “escenario”, se nos muestra, sin compasión, que la historia es una ruina, que el presente es una ruina y que los espectadores -los ciudadanos- debemos saber confrontarnos a estas ruinas con mucho coraje.
Por muchas razones, Bertolt Brecht aconsejaba evadir el teatro sentimental y proponía, en su lugar, un teatro de ideas. Yuyachkani es un grupo que a lo largo del tiempo se ha mantenido fiel a esta propuesta, fiel a una verdad. Esta notable obra de teatro contemporáneo es producto de una incansable opción estética y la muestra, radiante, de una intensa voluntad socialista. En ellos, cuarenta tercos años de trabajo no han sido en vano. En el Perú -es cierto- hay muy poco que celebrar en este bicentenario que se nos viene, pero el trabajo de “los yuyas” neutraliza esta afirmación: un aplauso –un aplauso realmente emocionado - para todos ellos.

Publicado en: https://victorvich.lamula.pe/2017/05/20/nada-que-celebrar/victorvich/

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