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Las cosas que uno medita mucho o quiere que sean 'perfectas', generalmente nunca se empiezan a hacer...
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"Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano". (Ernesto Sábato, Antes del fin)
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lunes, 14 de abril de 2014

Ángeles suicidas, y la doble moral de Beto Urtíz...

Orlando Mazeyra Guillén en su face comenta con gran acierto un artículo publicado por Beto Ortíz, veamos:
"Beto Ortiz nos cuenta la terrible historia de Luxiitho que a los quince años se suicidó. En un fragmento del artículo dice “imagino a sus achorados compañeros del Colegio 2015 González Prada repitiendo lo que aprendieron en...
los programas cómicos: lapeándolo, metiéndole la mano, torturándolo a tiempo completo, gritándole sau, bebita, la Lucho, potoroto, chimbombo, fulviocarmelo, paletazo”. O sea, reconoce que los programas cómicos incitan a discriminar a los homosexuales, haciendo mofa de ellos; sin embargo, cuando se trata de la “Paisana Jacinta” se olvida de que pasa lo mismo. Resumiendo: sólo condeno la discriminación cuando me conviene (o cuando hay plata de por medio), ¿no? "
http://peru21.pe/impresa/angeles-suicidas-2178551


A continuación el artículo de Beto:

Beto Ortiz,Pandemonio

Si Luxiitho hubiera nacido en Inglaterra quizás hubiera sido un Billy Elliot, el niño bailarín que, contra la presión del padre, alcanza su sueño de dedicarse a la danza en la Royal Academy y llega a ser solista de la versión masculina del Lago de los Cisnes. Pero Luxiitho nació en un polvoriento pueblo joven de Los Olivos, donde siempre fue el rarito del barrio, donde harto de ser despreciado, se ahorcó colgándose de una viga a los 15 años.
Su lacerante muerte –ocurrida en junio del año pasado– fue apenas otro de esos deprimentes desayunos funerarios que nos sirven a diario los noticieros matutinos. El enlace en vivo con la capilla ardiente, con el llanto convulsivo de los deudos. “Era un niño un poquito amanerado” –dijo su tía Carmen Palomino. “Por si acaso, Luis tenía la autoestima muy alta.” –dijo su hermano Roberto. “El no era maricón. Los homosexuales, prácticamente, son delincuentes.” – dijo su mamá. La única que se abstuvo de declarar fue Angie Uribe Ortiz, la siniestra media hermana que siempre se encargó de hacerle la vida miserable, la misma que –para que se hiciera hombre– lo molió a golpes y lo bañó en orines precipitándolo al suicidio. Fue revisando casos de chicos gays que se quitaron la vida en el Perú que ayer me encontré con la historia de Luxiitho, Luis Enrique Ramírez Ortiz, que así se llamaba y si nadie lo protegió en vida, no tiene ningún caso protegerlo muerto. Me sorprendió que, pese a que va a cumplirse un año desde que se suicidó, su Facebook continúe activo: “Ha estudiado ballet en Shake it up!” –puede leerse en su perfil y en la foto de portada luce feliz mientras ejecuta una complicada flexión, pasándose la pierna por detrás de la nuca. Pero Luxiitho solo estudió ballet en su imaginación porque “Shake it up!” no es ninguna academia de danza sino un programa del Disney Channel conducido por sus ídolas máximas Zendaya & Bella Thorne, el célebre dúo de divas adolescentes con las que siempre se sintió identificado. Miro la foto y trato de imaginar cómo sería vivir, día tras día, la breve tragedia de su vida. Miro la tristeza de las paredes sin tarrajear disimulada por resmas de papel kraft para embalar. Y alegrando el feo marrón del empapelado, afiches de Lady Gaga y Justin Bieber. Imagino a su profesor de educación física tratando en vano de obligarlo a ser más rudo, a su profesor de religión amenazándolo con arder en el infierno, repitiendo, como un autómata, el libreto macabro de los profetas del odio. Imagino a sus achorados compañeros del Colegio 2015 González Prada repitiendo lo que aprendieron en los programas cómicos: lapeándolo, metiéndole la mano, torturándolo a tiempo completo, gritándole sau, bebita, la Lucho, potoroto, chimbombo, fulviocarmelo, paletazo. Imagino a la imbécil de su hermana bañándolo con pichi.
Si Luis Enrique hubiera sido mi hijo yo lo habría llevado al cine a ver “El beso de la mujer araña” como me llevó a mí hace treinta años una tía muy querida que, solo viendo esa bella película basada en el libro de Manuel Puig, comprendió por fin que entre dos hombres podía existir el amor puro. Hubiéramos visto juntos la cubana “Fresa y chocolate”, seguramente varias de Almodóvar y también “El juego de las lágrimas” y “El banquete de boda” de Ang Lee. Hubiéramos ido juntos a ver musicales, a ver a Denise Dibós en el papel de Roxy Hart y “El Chico de Oz” con Marco Zunino. Le habría mostrado mis viejos videos de Freddie Mercury, de Gloria Gaynor, de Elton John, de Boy George y de Abba. Le hubiera demostrado, con ejemplos, cuántos homosexuales han sido y son los grandes hombres de este país. Le hubiera contado, para empezar, que a César Moro –uno de los más grandes poetas del Perú– también le hacían bullying sus alumnos del Colegio Militar Leoncio Prado porque tenía un modito afectado de hablar, porque sabía francés, porque escribía cosas como Antonio es Dios Antonio es el Sol Antonio puede destruir el mundo en un instante. Le hubiera contado que Jorge Eduardo Eielson –a quien el poeta Antonio Cisneros alguna vez le dijo, en su cara, que era más grande que Vallejo– vivió la mayor parte de su vida en Italia al lado del pintor sardo Michele Mulás, el hombre al que siempre amó y al lado del cual reposa sepultado en el cementerio de Barisardo. Le hubiera dicho que el autor de “Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola…” el poema que lo obligaban a memorizar en el colegio también era homosexual como él y se llamaba Abraham Valdelomar, una de las mentes más hermosas que hayamos tenido. Y que también eran homosexual el genio absoluto de Martín Adán y Juan Gonzalo Rose, aunque sus parientes lejanos quieran mandarme cartas de rectificación. Le hubiera leído “Los Inocentes” de Oswaldo Reynoso, a voz en cuello, para que encontrara un lugar donde colocar el sentimiento de su inocencia. Le hubiera leído a Lorca cuando escribe: El cielo tiene playas donde evitar la vida y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora. Le hubiera leído también a Carlos Pellicer: Sé del silencio ante la gente oscura, de callar este amor que es de otro modo. Le hubiera leído, por supuesto, a Luis Cernuda: ¡Si el hombre pudiera decir lo que ama!, ¡si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo! Le hubiera leído a Rimbaud, a Wilde, a Whitman, maricones egregios, eminentes.
¿Sabes una cosa, Luxiitho? Ayer salí a marchar por ti. Salí porque yo también he tenido ganas de morir y de matar algunas veces. Salí de la pura rabia de que te hayas muerto. Salí porque yo pude ser tú. Me he quedado pensando en tu historia y no sabes cuánto me he puesto en tus zapatos. Y no sabes cuánto he odiado este país. Qué distinto habría sido todo si la vida te alcanzaba para cruzarte con una sola persona, cualquier persona –profesor, vecino, amigo– que te dijera que no había nada malo en ser quien eras, nada malo en bailar ballet, nada malo en juntarse contigo. Pero no sé qué tanto hablo si ni siquiera yo mismo puedo convencer a nadie de eso. Qué orgulloso me hubiera sentido si alguno de los muchachones que alguna vez fueron mis compañeros –fieles o pasajeros– hubieran tenido los huevos suficientes para tomar mi mano y salir a la calle conmigo. Pero eso, por supuesto, no ocurrió. ¿Sabes por qué? Porque es demasiada luz, porque a todos les dio roche. Les doy roche. Porque saldrían en los diarios a mi lado y se les quemaría el quiosco y los descubrirían sus esposas, sus amantes, sus mamás. Porque qué iban a decir después sus patas del fulbito. Porque qué iban a pensar mañana, más tarde sus hijitos. Porque, al final, todos prefieren que no se entere nadie y que sigamos confinados a las sombras. ¿Sabes una cosa, Luxiitho? Es con eso con lo que vamos a soñar. Con un tiempo en el que nadie tenga miedo de ser quien es. Un tiempo en el que los profetas del odio sean derrotados por fin y nadie se avergüence más de amar y ser amado.


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