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Las cosas que uno medita mucho o quiere que sean 'perfectas', generalmente nunca se empiezan a hacer...
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"Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano". (Ernesto Sábato, Antes del fin)
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domingo, 6 de abril de 2014

Cipriani, el metete

Pedro Salinas“No hay nada más peligroso, más hipócrita ni más ruin que un integrista con poder, o un cura vergonzante infiltrado en la política”. La frase no es mía, que conste, sino del escritor Arturo Pérez-Reverte. Pero la suscribo en todos sus extremos. Porque a ver si nos entendemos. Si el Perú es un Estado laico, pues este debe asegurarse de que todos sus ciudadanos tengan los mismos derechos y sean iguales ante la ley. Pero claro. En el feudo de Juan Luis Cipriani se hace lo que se supone se le antoja al dios de los católicos, que, ya saben, es homofóbico. Y hasta misógino.
Allá los que...
le siguen, la verdad. Pero a mí, qué quieren que les diga, a mí no me vengan con lo que dice el Génesis o el Cantar de los Cantares o cualesquiera de las epístolas de ese Pablo que parecía sufrir crisis alucinatorias y estar lleno de complejos sexuales, porque aquella práctica de impregnar nuestra moral sexual de restricciones y represiones y de cosmovisiones de los siglos V, o hasta XV, quizás caían muy bien entre los pastores de cabras de entonces, pero ahora, en pleno siglo XXI, las cosas han cambiado un poquito. Digo.
Para comenzar, todos los peruanos deberíamos ser iguales, insisto. Y las normas del Estado en el que nos desenvolvemos deberían ser más inclusivas. No deberían discriminar, o sea. Ni excluir. Como pretenden Cipriani y sus obispos carcamanes, quienes consideran que chillando y apelando a los sentimientos más primitivos de algunas mayorías reaccionarias, pueden mantener la situación bajo control, solapeando la estigmatización social que padecen los gays, quienes en los hechos no gozan de idénticas condiciones de vida que el resto de mortales.
Pero ya saben. En el Perú todo eso de la “igualdad ante la ley” y el “respeto hacia la diversidad” es pura fufulla. Demagogia barata. Letra muerta. Puro blablablá. Y con el pretexto de la religión se pretende negar los derechos de estas minorías. Lean, si no, la carta de los obispos peruanos, en la que sostienen paparruchada y media, sin un ápice de rubor. Según ellos, la unión civil “atenta contra la dignidad humana”. Y como para darle sustento a la insensatez, añaden que el proyecto “contraria el orden natural, distorsiona la verdadera identidad de la familia, contradice la finalidad del matrimonio”. Y así, en ese plan.
Los tabúes continúan vigentes, es decir. Y la iglesia católica sigue apostando por el miedo a la sexualidad, cocteleando siempre la mojigatería con el fariseísmo, apelando a la coacción de toda la vida. A la intimidación. Al embrutecimiento. Porque para las religiones cristianas, desde los inicios de la biblia, la sexualidad es condenada, presentándose como algo malo. Y así, la lujuria es maldita. El cuerpo es aborrecido y abominado. Y el adulterio o la homosexualidad son castigados en estos libros llamados ‘sagrados’ hasta con la pena de muerte. En fin. Hablamos de una historia de dos milenios persiguiendo el placer, acosando al sexo, reprimiendo la libido. No sé si me explico.
Ahora bien, si me preguntan, creo que ya llegó la hora de decirles ‘basta’ a estos moralistas retardatarios y a su comparsa de curas autoritarios de prédica ultramontana. Porque a los odiadores de la autodeterminación y del libre albedrío, hay que ponerles coto. La irracionalidad, la superstición, el dogmatismo y el fanatismo son enemigos de la libertad.
Mantener el statu quo para evitar que una minoría tenga derecho a tomar decisiones ante situaciones de emergencia en la salud, o acceso a la seguridad social, o a los alimentos, o a recibir protección contra la violencia familiar, entre otras cosas, no solo es anacrónico, sino atentatorio al principio de dignidad de la persona.
Finalmente, como ha dicho Coqui Bruce en estas mismas páginas: “Si él (Juan Luis Cipriani) quiere una comunidad sometida a través de la abdicación de su sexualidad (cosa imposible, como lo demuestran los constantes delitos de pedofilia), pues que la viva en la penumbra de su iglesia medieval. El Perú es un Estado laico, aunque en la práctica, personajes abusivos, en diversos ámbitos, sigan actuando como si el poder se compartiera con la iglesia”. Tal cual.
 
Fuente: http://www.larepublica.pe/columnistas/el-ojo-de-mordor/cipriani-el-metete-06-04-2014

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