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Las cosas que uno medita mucho o quiere que sean 'perfectas', generalmente nunca se empiezan a hacer...
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"Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano". (Ernesto Sábato, Antes del fin)
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lunes, 30 de septiembre de 2013

La criolla inmortal de Vargas Llosa

* La cantante Cecilia Barraza regresa al mundo literario vargallosiano, en la última novela del premio nobel de literatura, “El héroe discreto”. Esta vez es el amor platónico del protagonista Felícito Yanaqué
Faltaban pocos meses para que Mario Vargas Llosa ganara el Premio Nobel de Literatura 2010 cuando recibió un inesperado correo electrónico que lo convinó a...
aceptar un compromiso con meses de antelación. Por aquel entonces, la cantante criolla Cecilia Barraza aún no se sobreponía de la rotunda depresión en que estaba sumida por la muerte de su padre, Carlos Barraza, abatido por el cáncer.
En pleno desmoronamiento emocional –menguada también por la presión alta y la diabetes–, la intérprete se había enterado de que era la cantante predilecta del escritor peruano y que, además, la mencionaba en su novela “Travesuras de la niña mala”. “Eso me dio fuerzas y fue muy emocionante”, diría Cecilia algunos años después.
Azuzada por esta noticia, Cecilia aprovechó para enviarle un correo electrónico invitándolo a un programa televisivo que estaba preparando para canal siete, y que llevaba el nombre provisional de “Emociones”.
El correo con la respuesta del nobel llegó, aunque es seguro que fuera escrito por alguna de las dos asistentes de Vargas Llosa  –Verónica Ramírez o Fiorella Battistini–, pues este ha confesado su escepticismo y alergia, si no franca oposición, a los correos electrónicos, el Facebook y el Twitter.
Pero el caso es que el escritor, aunque se excusó de asistir al programa inaugural fechado para noviembre porque debía presentar su novela “El sueño del celta”, en compensación le envío un ejemplar de “Travesuras de la niña mala” autografiado y la promesa galopante de que en diciembre estaría presente en el espacio televisivo que, finalmente, se llamaría “Cuéntame tu vida”.
Tres meses después el escritor peruano ganaría el Premio Nobel de Literatura, el teléfono de su departamento en Madrid no dejaría de sonar por los próximos meses y su agenda sufriría una metamorfosis surrealista, pletórica en reconocimientos y homenajes por todo el mundo, que lo alejarían para siempre de los pasillos de canal siete.
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Así como Carmen Maura o Penélope Cruz se convirtieron en chicas Almodóvar tras ser actrices obsesivas para el cineasta español, Cecilia Barraza se encamina a convertirse en un fetiche literario, con un matiz menos sexual y más platónico, para Mario Vargas Llosa. Inconforme con que Ricardo Somocurcio, el coprotagonista de “Travesuras de la niña mala”, dijera, de manera somera, que su cantante favorita era la criolla, el nobel peruano renueva y extiende su admiración por la intérprete nacional en su última novela, “El héroe discreto”.
El personaje principal de la historia –y quizá el más logrado–, el pujante empresario piurano Felícito Yanaqué, atesora con un amor soterrado a la discípula preferida de Chabuca Granda y, es más, solo encuentra consuelo frente a las tribulaciones y miserias que la vida se empeña en hacerlo pasar, en la frase máxima de su padre: “Nunca te dejes pisotear por nadie, hijito”, y en los valses interpretados por la “dulce” y “acariciadora” voz de la cantante criolla.
“Cecilia Barraza había sido su amor secreto, antes incluso de verla en fotografía o en persona. Se enamoró de ella por su voz. No se lo había contado a nadie, era algo íntimo [...] se imaginaba a veces viviendo entre arpegios, cadencias, celajes y arrobos junto a esa cantante llamada Cecilia Barraza. Sin decírselo a nadie, y menos que a nadie a Mabel, por supuesto, había vivido platónicamente prendado de esa carita risueña, de ojos tan expresivos y sonrisa tan seductora” (páginas 86 y 87).
Vargas Llosa no solo se detiene en más de dos páginas a las veleidades que provoca Cecilia Barraza en Yanaqué –quien conservaba de esta una buena colección de fotos–, sino que la presencia de la cantante permanece latente hasta el final de la historia, cuando la trama revela quién está detrás de los chantajes de la “arañita”, un Yanaqué compungido, derrotado, con el espíritu casi yerto, busca en la voz de Barraza el bálsamo que lo ayude a sobrellevar la pena.
Las referencias musicales siembran esta y muchas otras novelas de Vargas Llosa. En “La tía Julia y el escribidor” se narra la trepidante visita a la capital peruana del bolerista chileno de voz aflautada Lucho Gatica, y a “Pantaleón y las visitadoras” la acompaña “La Contamanina”, interpretada por Tania Libertad. Sin embargo, ninguno de estos personajes cobra el realce y la importancia de Cecilia en las historias del escritor.
Sobre el vals criollo Vargas Llosa escribió, irónico y ácido, que “es la expresión por excelencia de la huachafería en el ámbito musical”. Pero antes de que los amantes del criollismo adjetiven al nobel habría que decir que el escritor reconstruye el significado de “huachafo”, pues no hace de la palabra un sinónimo de cursi, “sino una forma propia y distinta –peruana– de ser refinado y elegante” (léase el artículo “Un champancito hermanito”).
Y para Yanaqué –en este punto alter ego indiscutible de Vargas Llosa– Cecilia Barraza “había elevado a nuevas alturas la música criolla, los valses, las marineras; los tonderos, los pregones”. Las descripciones de la cantante (“Le pareció más bonita, graciosa y elegante que en las fotografías”) no faltan y evidencian lo perfeccionado que tiene el escritor la imagen de Barraza, aquella mujer que con su voz era capaz de emocionar hasta las lágrimas al desangelado Yanaqué.
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Cecilia Barraza conoció a Vargas Llosa en 1981, en los sets de Panamericana Televisión, pero diez años antes de ese encuentro la cantante había tomado contacto primero con la literatura del premio nobel, cuando presenció la puesta en escena de la obra “La señorita de Tacna”, en un teatro de Buenos Aires, con la hermosa actriz Norma Aleandro como protagonista y sentada en la butaca del brazo de Chabuca Granda.
Eran aún los años de la televisión a blanco y negro, y la selección de fútbol acababa de protagonizar su mejor papel en la historia de los mundiales en México 70. También eran años dorados para la música criolla. El general Velasco Alvarado regentaba el gobierno militar y, en su afán de construir un nacionalismo a prueba de balas, hizo de esta música su bastión.
Cecilia Barraza, con apenas 18 años, amateur hasta ese entonces, participó y ganó un concurso como mejor intérprete en el popular programa “Trampolín a la fama”, que conducía un locutor hípico llegado a la televisión con gran éxito, Augusto Ferrando, un hombre alto, moreno y poseedor de voz gutural y estridente.
Barraza cantó el vals “Todo me recuerda a ti”, compuesto por Alicia Maguiña, y cuando empezó a entornar “Todo me habla de ti, la noche, el sol, el mar, la rosa, el alhelí, el viento al canturrear”, se hizo un silencio de hipnotista entre el público.
En ese programa Chabuca la escuchó cantar y quedó arrobada –lo mismo que Vargas Llosa– de esa voz afinadísima, tierna, de corto pero sólido registro que emergía de aquella mujercita menuda, risueña y chispeante.
A Chabuca no le quedó duda, había encontrado a su sucesora. Lo decidió en ese instante, y se la llevó junto al grupo Perú Negro en su gira por México, país donde Cecilia cantó en el Palacio de Bellas Artes del México DF y luego a la ya dicha Buenos Aires, por aquel entonces la París sudamericana.
Luego vendrían innumerables concursos de música criolla ganados por Cecilia y llevaría su canto a Moscú, Nueva York, Madrid, Barcelona, París, California, La Habana e incluso Tokio.
Diez años después de aquella paradigmática participación en “Trampolín a la fama” volvería a pisar los sets de Panamericana Televisión, invitada esta vez por Mario Vargas Llosa, para el programa “La torre de Babel” que el escritor conducía. Mario se había empeñado en destinar ediciones a la canción popular.
En aquella ocasión el escritor hizo un programa sobre el pregón limeño, y sus invitados fueron el cantautor Andrés Soto, por cuyas letras, contaría Cecilia casi tres décadas después, Vargas Llosa siente predilección, y su cantante favorita.
Fue la primera vez que Cecilia vio a ese hombre alto, de casi un metro ochenta, delgado, siempre atildado en el vestir, y sin ningún cabello fuera de lugar. Veintinueve años después, el nobel no podría devolver la visita, impedido por sus nuevos compromisos como estrella refulgente de la literatura mundial.
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En mayo de este año Cecilia Barraza anunció, tras cuatro años de larga espera, el lanzamiento de su nuevo disco, “Andrés Soto y Cecilia Barraza juntos”, que lleva una presentación que Mario Vargas Llosa escribió en setiembre de 2009. El disco aún no se vende, pero desde Barrazita Producciones afirman que está en camino.
De este modo, Barraza y Vargas Llosa volverán a estar juntos. El escritor y la cantante, aquella mujer que vive sus 62 años con toda la juventud que puede inflamar la vitalidad y la alegría; y el incansable escritor que a sus 77 años ha dicho: “Yo espero que la muerte me encuentre escribiendo”.
Y eso, la muerte, precisamente, es lo que Cecilia Barraza ha vaticinado con aire de pitonisa para la música criolla. Quizá consintiendo el pesimismo, el escritor peruano haya decidido vacunar a su cantante preferida contra el olvido y la muerte, y en tiempos de reguetón y cumbia –elecciones más realistas para retratar al Perú actual– haya elegido para Felícito Yanaqué la devoción por la música criolla y, sobre todo, por Cecilia Barraza, y reservado así para ella un espacio en la inmortalidad de la literatura.

Enrique Larrea
Portal La Mula
(Lamula.pe)


Fuente: http://diario16.pe/noticia/38568-la-criolla-inmortal-vargas-llosa

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