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Las cosas que uno medita mucho o quiere que sean 'perfectas', generalmente nunca se empiezan a hacer...
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"Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano". (Ernesto Sábato, Antes del fin)
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martes, 18 de diciembre de 2012

Las antibarbies


Las antibarbies

Para Klaudia Gaugier son mucho más que muñecas: son sus hijas. Las crea para sí misma y en cuanto están terminadas se siente tan responsable de su suerte como lo haría una madre. Por eso, si alguien quiere arrebatarle a alguna de sus criaturas y, por tanto, romperle el corazón, debe pagar bien por ello: hasta 700 euros.
 
Por suerte, o por desgracia, no son...
el tipo de muñecas que uno verá en los escaparates de las jugueterías. Su autora afirma que “tienen alma”, y debe ser un alma muy torturada, a juzgar por su aspecto. “Quiero que mis creaciones provoquen emociones extremas: desde una carcajada hasta el terror –afirma–, que la gente reaccione ante ellas como lo harían ante un ser humano”.
 
Después de comprobar que ni la pintura ni la escultura le servían para expresar su creatividad, esta artista polaca encontró en sus muñecas la síntesis perfecta entre un retrato, una figura y un ser animado. Desde su cabaña situada en los umbríos bosques del sur del país, se dedica a “dar a luz” a estos seres sombríos, que parecen preguntar con su mirada vidriosa por qué les han obligado a nacer. Su aire timburtoniano y gótico ha fascinado a clientes de medio mundo y sus muñecos han aparecido en revistas de arte, exposiciones e, incluso, anuncios publicitarios.
 
El proceso de creación siempre comienza con la cara. La forma que adopte el trozo de porcelana cocido a mil y pico de grados en un horno eléctrico determinará la “personalidad” de la muñeca. Después, Gaugier simplemente deja que “el nuevo ser cobre vida y se termine de crear a sí mismo”. Abalorios, ropa a medida y sobre todo un par de pupilas vidriosas conferirán a su nueva “hija” ese aire ambiguo que mezcla las muñecas de porcelana clásicas con una especie de estética folk primitiva. Finalmente, a cada escultura se le infringe pequeñas marcas y defectos para que el efecto sea completo. El proceso puede llevar meses.
 
“Cada muñeca es única, no hago moldes. Por eso digo que crearlas es como alumbrar a un niño. Algunas las termino enseguida, otras me torturan durante meses hasta que las completo. Las hay primitivas y las hay más complicadas. Pero si al mirarlas alguien siente que se le rompe el corazón y debe llevársela a casa, entonces sé que ha merecido la pena”.
  
Miguel Ángel Gayo
Elmundo.es

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