
Me imaginé la cara voluntariosa y afilada de Bolívar tostada por el sol canicular y el viento frío o caliente de la América Meridional como llamaba a su Patria Grande, cuyos rasgos desdibujándose o deshaciéndose y que muy pocos se han atrevido a dibujar o a retratar por respeto, o temor o talvez porque pocos la vieron aquella hora después en el cuarto refrescado de esa casona colonial de teja española, con paredes de adobe grueso y piso de baldosines ladrillados, en donde quienes estuvieron debieron escuchar la brisa suave que cruzó por ente las hojas de los árboles frondosos que le hacen el sombrío.
Es un esqueleto humano como cualquier otro, que en su desnudez pelada y blanquecina muestra que, Simón Bolívar no es, ni será, una momia embalsamada para uso ritual masivo, ni anterior, ni ulterior, ni sucesivo. Pero ¿Cómo pudo permanecer incólume, casi intacto, resistiendo en el silencio oscuro y helado de su sepultura, el paso lento e inmisericorde de tantos años? ¿Fueron aquellos huesos ahora frágiles y quebradizos, los que soportaron y sostuvieron durante 47 años de vida infatigable; esa Voluntad suya de hierro, persistente y porfiada, que asombró o atemorizó a sus enemigos, y que condujo a sus amigos hasta las cumbres heladas de Ayacucho?
¿Son esos pensé, los huesos cuya sustancia humana o contradictoria y viva, sirvieron para que los tantos y ladinos enemigos suyos, lo vituperaran, vilipendiaran o difamaran, mientras hipócritamente lo enaltecían y lo enajenaban de sus seguidores, ocultando su verdadera esencia de conductor político-militar, integral, de la lucha anticolonial?
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