*-*

Las cosas que uno medita mucho o quiere que sean 'perfectas', generalmente nunca se empiezan a hacer...
*-*
"Cada mañana, miles de personas reanudan la búsqueda inútil y desesperada de un trabajo. Son los excluidos, una categoría nueva que nos habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de esta economía para la que lo único que no cuenta es lo humano". (Ernesto Sábato, Antes del fin)
*-*

sábado, 15 de enero de 2011

Hernando Cortés: "Los 84 años me cansan"

Es uno de nuestros dramaturgos más prolíficos. Sus obras han sido siempre sobre el Perú y sus problemas. Como discípulo de Bertolt Brecht, está convencido de que la misión del teatro es despertar el interés por el país. Sin embargo, su vida podría ser también llevada a las tablas. En esta conversación Hernando Cortés recuerda sus viajes por Europa y habla –con una libertad que escarapela– sobre su gusto por las menores de edad. La función debe continuar.

¿Cómo se siente hoy?

Estoy cansado porque tengo ya 84 años. Eso me cansa. Los 84 años me cansan. Antiguamente la gente, a los 84 años, ya estaba en el límite de su tiempo.

Hoy nos han alargado el plazo.

Sí. Inclusive llegar a los 75 años era un esfuerzo increíble, pero hoy día se ha alargado el tiempo de vida. Si tuviera dinero suficiente podría hacer que me pusieran un riñón propio, un trasplante y, entonces, yo ya caminaría por las calles como si no pasara nada.

Regresemos en el tiempo. Usted nació en Piura, ¿no es así?

Sí, en la calle Arequipa, que es el centro de la ciudad. Me trajeron a los 2 años a Lima. Yo estudiaba secundaria en el colegio de los maristas en San Isidro, pero le pedí a mi padre que me permitiera ir a Sullana, a otro colegio marista. Y allá me agarró un paludismo de los mil demonios. A mí me encantaba el paludismo.

¿Le encantaba el paludismo?

Claro, porque uno temblaba de frío y al poco rato estaba muerto de calor. Tuve que volver a Lima por indicación médica. En Sullana no solo la temperatura es mayor, sino que el clima es… un clima de… bueno, discúlpeme, pero últimamente sí estoy perdiendo un poco las ideas. No sé si sea la diálisis o la edad. Dejé de enseñar en San Marcos y ya me es más difícil hablar.

¿No conversa mucho?

No, pues. No tengo muchos amigos y con los amigos siempre se habla de lo mismo.

¿Estudió en San Marcos?

Sí. Yo quería ser psicólogo, pero en aquel tiempo no había psicología, sino que era una especialidad de la medicina. Pero lo que motivó mi salida de la facultad de Medicina fue una clase en la que cogieron a un gato y con un bisturí lo abrieron por la mitad de la barriga. Eso me espantó. No servía para médico.

Yo leí que usted había estudiado Derecho.

Me cambié a Derecho, a la facultad de Letras, donde ya conocí a todos mis amigos, Julio Ramón Ribeyro, Washington Delgado, el doctor Raúl Porras, con el cual jugaba yo ajedrez en su casa y también en Ancón.

¿Es usted un gran ajedrecista?

No, pésimo (ríe). Porras era un hombre maravilloso, buenísimo, un gran profesor. De él recuerdo sus libros, sus ideas peruanísimas, sus deseos de que el Perú fuera mejor y que hubiera una síntesis entre lo incaico y lo español.

Porras fue maestro de tanta gente importante, como Mario Vargas Llosa, Pablo Macera.

Pablo, amigo mío. Cada semana nos reunimos con Pablo.

¿Cómo está él? Después de su paso por el fujimorismo desapareció públicamente.

Ese es un problema que nadie ha podido dilucidar. Nadie se ha atrevido nunca a preguntarle por qué tuvo esa actitud frente al fujimorismo. Yo pienso que él tomó esa actitud porque los intelectuales tienen que vivir de algo. Yo creo que lo hizo por no perder el ingreso que tenía y poder obtener uno mayor. Pero eso ya pasó. Seguiremos siendo amigos siempre.

¿Cómo así llegó usted a la Universidad de Salamanca?

Dos amigos míos del colegio se fueron a estudiar Derecho a Salamanca. Mi padre tenía la solvencia económica suficiente y le pedí acompañar a mis amigos. Me fui, y esa fue una ventaja muy grande pues tuve la oportunidad de conocer España, a la que amo como mi segunda patria.

¿Qué fue lo más loco que le pasó en esos años?

Estar borracho en Viena hasta el punto de que me tuvieron que meter al manicomio.

¿Qué hizo para que lo tomaran por loco?

Ja, ja, ja. Yo no era loco. Era borracho. Yo vivía en la casa de un arquitecto y él  siempre me  preguntaba cuándo íbamos a ir al Grinzing, una zona de locura en Viena, con lugares de música, devaneos y amoríos. Mi madre me mandó un cheque, era Navidad y decidí invitar al arquitecto al Grinzing.

¿A dónde fueron?
...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.